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viernes, 14 de enero de 2011

Empieza a asomar la política - Carlos Pagni



LA NACIÓN, Viernes 14 de enero de 2011.- La historia policial del Challenger 604 que aterrizó en Barcelona con 944 kilos de cocaína se está convirtiendo, también, en una historia política. Sobre todo desde que empieza a confirmarse que el cargamento salió de un aeropuerto del Gran Buenos Aires. La noticia de que la Argentina puede ser la base de operaciones de narcotraficantes capaces de ingresar en un solo vuelo casi una tonelada de cocaína en Europa se inscribe en un universo informativo cada vez más inquietante. Hace un mes, el vocero de las Madres de Plaza de Mayo, Sergio Schoklender, denunció que la ocupación ilegal del parque Indoamericano había sido inducida por bandas de narcos. Habían pasado pocos días desde que en el sitio WikiLeaks trascendió que la diplomacia norteamericana desconfía de la convicción del gobierno argentino para combatir el narcotráfico.

Durante 2009, las fuerzas de seguridad descubrieron más de 20 laboratorios que procesan drogas pesadas. En 2008, en General Rodríguez, fueron asesinados tres empresarios que comerciaban efedrina, vinculados a los principales mecenas electorales de Néstor y Cristina Kirchner.

Unos meses antes, la opinión pública se sacudió porque el shopping más famoso de Martínez había sido el escenario de un tiroteo entre los miembros de dos carteles internacionales de la droga. En septiembre de 2004, un vuelo de la empresa Southern Winds había trasladado a Madrid otro cargamento de cocaína.

martes, 26 de octubre de 2010

Un caso que habla del futuro - Carlos Pagni



LA NACIÓN, Lunes 25 de octubre de 2010.- El asesinato de Mariano Ferreyra encierra, en su enorme densidad política, muchas claves del futuro. Desde que se produjo, el país ha asistido a comportamientos y ha oído palabras que, con una expresividad por momentos dramática, hablan de tendencias difíciles de revocar.

Uno de esos mensajes dice que los Kirchner están cada vez más cerca de perder el poder el año que viene. No es una evidencia que provenga de las fluctuaciones de imagen del matrimonio, sino del patético nivel de mala praxis que contamina sus decisiones. Si su estrategia electoral saldrá de la misma cabeza que interpretó los hechos de Avellaneda, el kirchnerismo no debe esperar algo muy distinto de la derrota.

El miércoles por la noche, la Presidenta y su esposo dispusieron -con la misma liviandad con que le imputan un delito aberrante a Bartolomé Mitre y a Héctor Magnetto- que la bala que mató a Ferreyra debía ser atribuida a un ex presidente de la Nación, Eduardo Duhalde. Hugo Moyano lo repitió por televisión, demostrando que está adherido al matrimonio, entre otros pegamentos, por un candor infantil. Ahora pagan cara esa martingala: el presunto responsable de la muerte del joven militante, Cristian Favale, es un barrabrava que asiste a las fiestas de Amado Boudou. Sería un disparate responsabilizar a Boudou por una foto. Pero si alguien lo cometiera el ministro debería quejarse ante sus jefes, fundadores de esta lógica. Favale se entregó ayer, alegando inocencia. Dio detalles sobre quien, según él, fue el verdadero killer. ¿Alguien quiere encubrir al autor de los disparos?. Nadie debería sospechar del Gobierno si no fuera porque desde la Casa Rosada lanzaron aquella fábula inicial sobre el duhaldismo.

Imaginar que en Olivos se aloja un genio maligno maquinando coartadas es sobreestimar a los Kirchner. Cada vez más anquilosados, ellos han perdido la capacidad de organizar la información de manera inteligente. La convicción de que el asesino de Ferreyra es Duhalde es anterior a la muerte de Ferreyra. Hace ya mucho que los Kirchner descifran las malas noticias con la sola hipótesis de una conspiración del PJ disidente, Julio Cobos y los medios de comunicación independientes. A los cortesanos que los rodean les resulta más práctico alimentar con leyendas urbanas esas fantasías que proveer una versión rigurosa de los hechos. No vaya a ser que, por desmentir el dogma, ellos también terminen acusados de ser parte del complot.

La reacción oficial ante el crimen de Avellaneda es, entonces, otro indicio de que en el seno del poder han dejado de pensar. Hubo varios anteriores. La chapucería de elaborar un libro negro sobre Papel Prensa sin averiguar lo que dirían los Graiver, el despropósito de confiar las relaciones con la Corte a la sutileza de Hebe de Bonafini, el recurso al Twitter como terapia ocupacional y el inoportuno reto a Daniel Scioli revelan que Cristina y Néstor Kirchner carecen hoy de los reflejos que demanda una tarea tan delicada como la retención del poder en los próximos comicios.

Dos testigos calificados están confirmando ese diagnóstico. Uno es Scioli, que sigue bajándose del barco. Ayer su policía descargó en la Federal la responsabilidad de lo ocurrido entre Avellaneda y Barracas. El otro es Moyano. Al adelantar lo que está dispuesto a hacer si el próximo presidente no resulta de su agrado, reforzó la presunción de que los Kirchner están agotados.

Las advertencias de Moyano adelantan un rasgo de lo que está por venir. Carente de institucionalidad política, dinamitado su sistema de partidos, la Argentina ha perdido destrezas elementales como la mediación, la negociación, el acuerdo, la argumentación. Desde el colapso de 2001 es el reino de la acción directa: se toman las rutas, los colegios, los ministerios, las fábricas. Los Kirchner estaban llamados a revertir ese proceso, pero lo profundizaron con su liderazgo predatorio. Un botón de muestra: al negarse a recibir a sus autoridades, la Presidenta convalidó al Partido Obrero en su argumento de que sólo resulta eficaz la protesta callejera.

Las barras bravas son un actor inevitable de esta escena hobbesiana. Un experimentado dirigente radical lo explicaba así el viernes pasado: "Dado que el Estado renunció a la obligación de garantizar el orden público, cada organización sale a la calle rodeada de un aparato de violencia. Ese aparato le sirve para defenderse, pero también para disciplinar al propio grupo, sobre todo a la hora de retenerle un porcentaje de los subsidios que reciben". El Gobierno preside este sistema: entre sus ONG figura Hinchadas Unidas Argentinas, una liga de barrabravas alimentada con fondos de la Oncca.

Hasta que se complete la sucesión presidencial, las facciones que han capturado un monto de poder en estos años enviarán señales extorsivas a quienes pretendan reemplazar a los Kirchner. Moyano inauguró este procedimiento en River. No pretendió halagar a la pareja presidencial. Al contrario. Kirchner apareció allí como un jefe en retirada, que está para hacer muecas desde la tribuna. Las 70.000 personas fueron congregadas para que Moyano pueda insinuar que hoy están en un estadio, pero cuidado, porque mañana pueden estar en la plaza.

Si alguien velara por los intereses del camionero, le haría notar su error. Antes de formular su advertencia, el principal problema de la oposición era, en caso de llegar al poder, qué hacer con Kirchner. Había respuestas de lo más truculentas. Ahora la pregunta es qué hacer con Moyano, que reemplazó al ex presidente como incógnita post-2011. Una despiadada peronista contesta: "Problema para el Ministerio de Justicia, no para el Ministerio de Trabajo". Tal vez los jueces que no cierran las causas que complican al sindicalista piensen lo mismo. Ellos también envían señales al futuro.

La dependencia del jefe de la CGT es otro signo del ocaso de los Kirchner. Como Isabel con Lorenzo Miguel, o Alfonsín con Carlos Alderete, la Presidenta va descubriendo la capacidad corrosiva que tienen los sindicalistas para quienes buscan su compañía en el crepúsculo. Moyano acaba de conseguir lo que se creía imposible: que los comunicadores más sagaces del kirchnerismo se vean obligados a presentarlo como un dirigente progresista, heredero de Ongaro y Tosco, que nada tiene que ver, por ejemplo, con José Pedraza. Para reconocer a Moyano en ese retrato hay que olvidar muchos detalles. Entre ellos uno que publicó LA NACION hace tres meses: su antigua asociación con Pedraza, Franco Macri, Gabriel Romero y el grupo Roggio en la explotación del Belgrano Cargas. El crimen de Ferreyra corrió el velo del opaco mundo que construyeron los Kirchner, con Ricardo Jaime y Juan Pablo Schiavi como arquitectos, sobre el negocio ferroviario.

Otro atisbo en el horizonte: la descomposición oficialista acelera el armado opositor. El radicalismo lanzará, en diciembre, un programa común acordado con Ricardo Alfonsín y Cobos. Los radicales apuestan a una gran elección interna que, por su caudal de participantes, ubique al triunfador como el dirigente más apto para reemplazar al Gobierno.

El PJ disidente, por otro lado, mira de reojo a Scioli, pero abrió tratativas con Mauricio Macri. En los últimos cuatro meses, Macri tuvo tres largas reuniones a solas con Duhalde. El PJ antikirchnerista y Pro negocian una oferta conjunta en una mesa que coordina Angel Torres, mano derecha de Juan Carlos Romero.

Cualquiera sea el desenlace de esas tratativas, existen ya algunas certezas. Si los Kirchner se van, serán reemplazados por un gobierno de coalición. El pacto que lo engendraría, indispensable en el Congreso, será explicitado antes de la eventual segunda vuelta. Esa administración tendría dos características salientes: su liderazgo no podrá ser, por definición, absolutista, y su gestión deberá encaminarse a desmontar muchos de los artefactos instalados por la Presidenta y su esposo, más que a inventar otros. En síntesis: si en las próximas elecciones la Argentina cambia de signo, la épica de los Kirchner dejará lugar a un poder de transición.



jueves, 14 de octubre de 2010

La frágil tregua que sellaron Kirchner y Scioli - Carlos Pagni


Jueves 14 de octubre de 2010, LA NACION.- Salvador Dalí afirma en su diario no tener convicciones políticas. Pero arriesga que, si las tuviera, sería monárquico, ya que la monarquía resuelve el único problema que, a su juicio, presenta la política: la sucesión. A Néstor Kirchner le debe gustar -si es que la conoce- esa sentencia de Dalí. Desde que se reunió con Daniel Scioli, el martes de la semana pasada, está tomado por una obsesión principal: cómo lograr que el genio de las ambiciones del gobernador regrese a la botella. Dicho de otro modo: cómo conseguir que Scioli vuelva a conformarse con otro período al frente de la gobernación bonaerense.

Scioli se llevó dos trofeos de aquel encuentro a solas. Consiguió que Kirchner renunciara a promover listas de piqueteros o sindicalistas alternativas a las del PJ oficial -las llamadas "colectoras"- para sostener su propia candidatura. Fue una conquista gremial para los candidatos a gobernador y a intendentes del PJ bonaerense: habrá sólo una boleta oficial por rubro. Sólo Martín Sabbatella está exceptuado de esa regla. Kirchner renunciaría, en este caso, a un gran recurso electoral.

Scioli le comunicó también a su anfitrión de Olivos que se irá separando del Gobierno en el campo de la imagen, al que él reduce casi toda la política: "No es posible que cada vez que tengo una expresión propia me vean como desleal". Recuperado en su libertad ambulatoria, al día siguiente apareció en la comida de Conciencia junto a Mauricio Macri. Y anoche inauguró, con el ex presidente español José María Aznar, el Coloquio de Idea, al que fueron invitados Julio Cobos, Eduardo Duhalde, Ernesto Sanz, Francisco de Narváez y Hermes Binner. Ese encuentro tradicional de Mar del Plata ha sido organizado como el punto de partida de una transición. Como Scioli, también los empresarios se desatan las manos.

Kirchner respondió al desafío con la receta que usa cuando se han acumulado demasiadas adversidades frente a él: simuló una retirada. Dijo que fijará domicilio en Río Gallegos, para desmentir cualquier aspiración a la gobernación bonaerense y, de ese modo, tranquilizar a Scioli. Es la táctica de crear vacío y esperar que utilizó cuando, derrotado frente a De Narváez, delegó en el gobernador la presidencia del PJ.


Fenómeno dañino

El contexto actual es muy distinto. La sola especulación con una candidatura de Scioli pone en evidencia un fenómeno que para Kirchner es más dañino que la consolidación de un frente opositor. Revela que su propio bloque está fisurado y que su liderazgo no alcanza para unirlo. No es el único síntoma de esa fragilidad. Gobernadores tan disciplinados como José Alperovich (Tucumán), Jorge Capitanich (Chaco) o Juan Manuel Urtubey (Salta) estudian adelantar los comicios en sus provincias para no correr la suerte del oficialismo nacional. Es una pésima noticia para Kirchner y también para Scioli: cualquiera que sea el candidato, irá a las elecciones presidenciales desprovisto del poder de movilización local del PJ. La escena tiene un parecido inocultable con la que protagonizaron Carlos Menem, Eduardo Duhalde y los líderes del peronismo del interior en 1999.

Para definir su candidatura, Scioli esperará a pagar los aguinaldos, en diciembre, y a que comiencen las clases, en marzo. Teme por la alianza que mantiene Kirchner con el sindicalismo estatal de la provincia. Y con Hugo Moyano, claro. Para pasar este trance ya preparó un ramillete de lugares comunes que insinúan sus pretensiones, sin afirmarlas: "lo que debe venir, vendrá", "debemos cuidar a la Argentina", y otros hits del "qualunquismo". También visitará provincias ajenas con alguna excusa turística.

Las precisiones políticas hay que pedírselas a Gustavo Marangoni, vocero del gobernador y estratego de su metamorfosis. Anteayer dijo a LA NACION que "en el PJ no hay candidatos naturales" y que "el candidato presidencial debe surgir de una interna". Un desafío a Kirchner impensable hace un mes.

Replegado en Olivos, Kirchner indaga la conducta de quienes podrían dañarlo. Supone, por ejemplo, que Sergio Massa trabaja para la candidatura presidencial de Scioli, confiando en sucederlo en la provincia. Pero le interesa más detectar algún túnel entre Scioli y De Narváez, más allá de José Scioli, hermano del gobernador que trabaja con el diputado (ambos Scioli se reencontraron y hablaron un largo rato en el funeral del productor televisivo Horacio Larrosa). Kirchner cree que una combinación Scioli presidente-De Narváez gobernador sería, para él, imbatible en la provincia.

Scioli sabe que los principales fantasmas que pesan sobre su candidatura no provienen de la Casa Rosada, sino de una tormenta en el gobierno provincial. La política de seguridad está en crisis, como demostraron las severas denuncias de la madre del joven Matías Berardi, que denunció que, durante el secuestro y asesinato de su hijo, el gobierno de Scioli y la policía estaban más interesados en alimentar a los medios de Daniel Hadad que en resolver el caso.

Kirchner ha comenzado a obsesionarse por las relaciones de Scioli con algunos medios. "Nos pide dinero todos los meses para pagar los sueldos, pero la cuenta de publicidad de la provincia no hace más que aumentar", comenta. Dentro de poco se convencerá de que paga con "su plata" la campaña de un adversario. Scioli huye de estos miedos con la fantasía de un acuerdo. Especula con que Kirchner se resignará a cederle la candidatura presidencial. Esa ensoñación ignora, entre muchas otras cosas, un problema central del drama que está comenzando: el sometimiento a Scioli sería, para un equipo político que dice encarnar a la izquierda nacional y popular, la peor de las derrotas.



martes, 14 de septiembre de 2010

Se trata a sí mismo como a los demás - Carlos Pagni


La escena pública entró, desde anteanoche, en un proceso incierto de reconfiguración. Hasta ese momento, su organización era esquemática, en dos campos divididos a favor o en contra de un líder fuerte, que convocaba a diario a batallas enardecidas. De repente la biología introdujo una duda en ese orden. Desde un quirófano, la sociedad fue avisada de que ese jefe temible, el "león feroz" que aparecía en los sondeos cualitativos de opinión, era, en realidad, un cuerpo enfermo, un hombre débil. En un instante, el significado central del juego perdió su consistencia y comenzaron a multiplicarse las incógnitas. Nadie sabe, en el Gobierno o fuera de él, si aquel espacio bipolar adquirirá otro diseño a partir de este acontecimiento. Nadie sabe cómo será la política si se atenúa el factor Kirchner.

Hasta el nuevo percance cardíaco, la opinión pública estaba entretenida con el problema de cómo Kirchner trata a los demás. A daniel Scioli, a la prensa, a su esposa, a la oposición, a las empresas. A partir de ahora, hay una cuestión más determinante: cómo se trata a sí mismo.

El diagnóstico de la segunda obstrucción arterial que llevó al ex presidente a una intervención se fue agravando en la madrugada de ayer. Primero se pensó en un infarto corriente; sin embargo, algunas fuentes del entorno presidencial dejaron trascender que los médicos podrían haber detectado una afección en el haz de His, que es el centro que transmite los impulsos nerviosos de las aurículas a los ventrículos. De confirmarse esta novedad, tal vez el tiempo aconsejaría la colocación de un marcapasos. La proximidad de este episodio con el del verano hizo pensar a algunos cardiólogos en un deterioro delicado del sistema arterial. Se supone que, hace siete meses, las arterias que esta vez se obturaron fueron revisadas y no presentaban síntomas preocupantes.

La fragilidad física de Kirchner se agrega a una colección de dificultades objetivas que ya era muy extensa. Para restablecerse deberá modificar sus rutinas, guardar estricto reposo, consumir medicación, bajar de peso. Tendrá que encarar la tarea que evitó en febrero: reinventarse. Hacer consigo mismo lo que tantas veces le pidieron que hiciera con su gobierno. ¿Podrá? La respuesta a este interrogante encierra varias claves del futuro.

Oscar Parrilli intentó trivializar, en la puerta del sanatorio, lo que estaba ocurriendo adentro hablando de Las Leonas o de Racing. Esa estrategia se modificó ayer, con la suspensión de las visitas y las declaraciones.

A pesar de esos esfuerzos por sacar el problema de la TV, el kirchnerismo deberá replantearse los términos de la transición hacia el próximo relevo presidencial. Un percance que sería grave en cualquier caso es más inquietante para un esquema de poder que concentra decisiones y tensiones en una sola voluntad, en un solo cuerpo.


La recaída

Para los profesionales, la recaída del ex presidente se debe al deterioro general de sus arterias, pero también a los desarreglos que cometió después de la operación de carótida. No había pasado una semana de aquella intervención y ya estaba recibiendo a funcionarios, trenzándose en discusiones con dirigentes políticos, participando como orador en actos públicos. Veinte días más tarde, los fotógrafos lo registraron en Montevideo, al rayo del sol, cubriéndose con una mano la cicatriz del cuello, durante la interminable ceremonia de asunción de José Mujica. Quienes describen a Kirchner como alguien cruel y despiadado deberán admitir ahora que él es una víctima más, sino la principal, de sus malos tratos.

Para una lectura superficial, lo que ocurrió anteanoche fue una irrupción ciega de la naturaleza en el curso de la historia. Pero, si se observa bien, el infarto de Kirchner no es tan accidental. Es uno de esos episodios en los que la biología es, al mismo tiempo, política. En su libro de memorias, Henry Kissinger observa que "los historiadores rara vez hacen justicia al estrés psicológico que aqueja a los estadistas. Lo único que tienen disponible son los documentos, pero ningún documento puede revelar el impacto acumulado de los accidentes, los intangibles, los miedos y las vacilaciones". Después agrega: "A veces estallan los nervios de las figuras públicas. Incapaces de aceptar los hechos, intentan forzar el paso y pierden el equilibrio". La enfermedad de Kirchner no está desconectada de su estilo de liderazgo. Es el rasgo más dramático, por lo inflexible, de un modo de ejercer el poder.

En la intimidad de Olivos, las horas previas al infarto habían sido febriles. El viernes a la noche se realizó el asado semanal al que concurre el círculo más allegado al matrimonio. Esa noche Cristina Kirchner protagonizó una especie de catarsis. Se quejó de muchas contrariedades, lamentó que sus ministros -sobre todo Fernández y Randazzo- ventilaran sus controversias por los medios y amenazó, un poco exaltada, con realizar cambios en la administración. Kirchner la observaba apretando las mandíbulas. El aire se había puesto denso.

Si se repasa la agenda de esta semana, se comprenderá el desasosiego de Kirchner y su esposa. Mañana vence la conciliación obligatoria en el conflicto de los camioneros con la empresa Siderar, del Grupo Techint, y los Moyano, Hugo y Pablo, prometen volver a bloquear la producción de acero, con la probable reacción en cadena de la industria automotriz y de electrodomésticos.

En los tribunales preveían -al menos hasta ayer- que mañana la Corte Suprema podría rechazar el recurso del Gobierno para reclamar que se deje sin efecto la medida cautelar que protegió al Grupo Clarín de la cláusula de desmonopolización de la ley de servicios audiovisuales. Pasado mañana, además, los jueces elegirán a sus representantes en el Consejo de la Magistratura, y todo indica que se impondrá la lista de Ricardo Recondo, el presidente de la Asociación de Magistrados, un crítico severo de la política judicial del kirchnerismo. Es otro paso hacia el desenlace anunciado: en diciembre la Casa Rosada puede perder el control del Consejo.

Estas dificultades y conflictos quedaron instalados, desde el jueves pasado, en el marco de la crisis que afecta al PJ bonaerense, la viga maestra del kirchnerismo. El entredicho de Kirchner con Daniel Scioli es la consecuencia de una amenaza que, para el Gobierno, es mucho más inquietante que la inseguridad: la posibilidad de que el año que viene una derrota lo desaloje del poder. Hasta los encuestadores oficialistas informan a sus clientes preferidos que Scioli tiene una intención de voto del 36%, diez puntos por encima que la de Kirchner. Esta es la razón por la cual el esposo de la Presidenta quedó envuelto en llamas con la versión de un encuentro entre el gobernador y Eduardo Duhalde.

Es una intriga irrelevante. Lo decisivo es que se ha resquebrajado la base territorial sobre la que se asientan los Kirchner. El ex presidente no calculó que, a partir de la caída electoral del año pasado, una nueva humillación del gobernador podía desnudar la sorda rebelión que se gestaba entre los caudillejos del conurbano. Son ellos, no Scioli, el verdadero problema. Son ellos, antes que Scioli, los que se pusieron en fuga. Los motivos son evidentes: en el año 2005 Kirchner les impuso a su esposa; en 2007, a Scioli; después, a los piqueteros; ahora, a Hugo Moyano. Eran agresiones tolerables cuando el verdugo los llevaba a la victoria. Pero ahora la mortificación llega después de la derrota y, acaso, conduce a la derrota.

Es posible que no hiciera falta un infarto para que un sector crucial del peronismo girara la cabeza hacia otro candidato para el año 2011. Pero desde que Kirchner ingresó en Los Arcos todo el PJ especula con ese movimiento. La figura de Scioli se resignificó. Y habrá que ver cómo procesa Carlos Reutemann los hechos de anteanoche. ¿Cómo funcionará la oposición si la medicina obliga a Kirchner a desistir de su candidatura?

Hay quienes prefieren ver lo sucedido como una intervención del azar en la política. Sin embargo, para muchos protagonistas de esta trama, la enfermedad vino a cubrir la crisis oficial con una excusa elegante, capaz de disimular el abandono y la traición. En otras palabras: no se puede descartar que la biología no haya irrumpido para modificar el curso de la historia, sino sólo para precipitar lo que ya estaba escrito.



LA NACIÓN, Lunes 13 de setiembre de 2010



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